HOMILIA DEL OBISPO DIOCESANO
EN EL CAMPITO DE LA VIRGEN
25 de junio de 2006.
Conmemoramos hoy el inicio del cuarto mes de gestación de Jesús hombre en el seno de María, su Madre.
En estos tres meses venimos celebrando los grandes misterios de la Salvación que Cristo nos alcanzó con su Pascua, la venida del Espíritu Santo, la fiesta de la Santísima Trinidad, el Corpus Cristo y finalmente el Sagrado Corazón, este último viernes pasado.
Todas estas celebraciones tienen como centro a las divinas Personas de la Trinidad y, sin embargo, no podemos prescindir de una presencia de María, tan fuerte e importante, como que Ella, por su obediencia, es llamada y reconocida como causa de nuestra Salvación.
Recordar este tiempo de gestación de Jesús, nos ayudará a profundizar el sentido mariano de la vida de la Iglesia, colaborando a que cada uno de nosotros vaya ahondando la devoción a la Virgen, más allá de sus advocaciones, haciendo de María, la maestra y guía que nos introduce de lleno en el misterio de su Hijo.
Más, aún, creo que las advocaciones que veneramos entre nosotros, a través de las cuales rendimos culto al Señor, son como señales que nos orientan hacia Cristo, que, desde Ella, se hace semejante a nosotros a fin de que nosotros podamos participar de su vida Divina.
Así, su Sagrado y Divino Corazón, animado con el Amor de la Persona Divina, da al corazón de carne de Cristo el poder amar con el mismo amor divino de Dios y como Dios, haciéndole María de sustento para que también nuestro corazón pueda amar con el Amor de Jesús y como Él nos ama. Cuando un cristiano ama al hermano desde el corazón, este acto de amor, se vuelve un canal de amor divino para el hermano.
Cuando recibimos su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía comulgamos su Naturaleza y Persona Divina, asumida por esa carne que le diera María, pero, a la vez, esa Naturaleza Divina está también presente en el Padre y el Espíritu Santo, haciendo de nuestra Comunión con Cristo también un a Comunión con el Padre y el Espíritu Santo, igualmente Uno en la divinidad.
Podemos decir que María, sin dejar de ser persona humana, es el prototipo de la asociación más íntima con la Trinidad, unión que también nosotros recibimos cada vez que comulgamos, gracias a Ella, que es Mediadora de este Misterio.
Se dio a la Santísima Trinidad la posibilidad de que la Segunda Persona tome cuerpo humano, se haga Pan de Vida Eterna y que, al recibirlo nosotros podamos participar de esa Vida Eterna de las Tres Divinas Personas, en cuya comunión infinita, viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Vemos, queridos peregrinos, como amar a María, invocarla y sentirnos edificados por tan excelente modelo, nos va llevando al encuentro pleno con Dios, a reconocerlo y aceptarlo en nuestra vida como nuestro Salvador, Señor de cielo y tierra y amigo inconfundible ¿Quién es este?
Este es Aquel a quien el viento y el mar obedecen. María nos trae el modo de vivir en la paz y en la alegría, entregándonos a Jesús, que, al asumir mi naturaleza caída parece que duerme, pero que la eleva a la dignidad más insospechada.
El cristiano no puede ya poner su confianza en el hombre, lleno de fragilidad, sino en Dios que se hace hombre para darnos la clave de ser Reyes de la Creación, para calmar el desorden, dominar la tierra y hacerla anticipo de la Comunión eterna con Dios UNO y TRINO.
Pongamos en Él todas nuestras inquietudes, temores y esperanzas, y veamos a María como nexo que nos acercó al Dios Hijo para que se haga hombre como nosotros y que nos acerca a nosotros a Jesús, para ser revestidos del poder del hombre nuevo, con corazón y sentimientos semejantes a los de Él.
Gracias Madre! Ya no temeremos a las tormentas, porque sabemos que Jesús, hombre y Dios, está con nosotros!
Mons. Héctor Cardelli
Obispo diocesano de San Nicolás de los Arroyos
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